domingo, 14 de octubre de 2007

Pagar por la música en directo

Parece ser que hace tiempo que grupos desconocidos ofrecen su música gratis en internet, pero ahora lo hace Radiohead. El grupo inglés no tiene contrato con niguna discográfica, y sólo ofrece su último álbum (In rainbows) a través de su página web, previo encargo, por el módico precio de: lo que usted quiera pagar. El grupo deja a los fans la decisión de cuánto creen que vale su nuevo álbum; además ofrecen una caja con edición especial del disco y dos vinilos por 40 libras. Prince regaló hace poco su nuevo álbum con el Daily Mail; las entradas para sus siguientes conciertos se agotaron en horas.



¿Nuevas formas de vender música? ¿Seguirán sus pasos otros grupos grandes y dejarán de lado a las discográficas?

La cosa es muy simple, que los que hasta ahora ganaban millones y millones a pesar de contribuir poco o nada a la obra de arte en sí (discográficas y demás intermediarios) dejen de ser los dueños y señores de la industria. La relación artista-fan, directa y sin intemediarios, se antoja mucho más rentable para ámbas partes. Claro que estos grupos se apoyan en una extensísima base de fans que compraron sus discos por las vías tradicionales, pero también sabemos que numerosos grupos se dieron a conocer por el boca a boca, cassette a cassette y ahora mp3 a mp3.

Música gratis, y ven a mis conciertos. La gente irá, porque la gente ama ir a los conciertos de sus grupos preferidos, y esto no parece que vaya a cambiar. Nuevas formas en la industria, que esperemos deje de lado definitivamente a aquellos que se lucran con el arte y el dinero de los demás.

La cosa es interesante; esperemos que funcione.

sábado, 13 de octubre de 2007

Web 2.0

jueves, 11 de octubre de 2007

Ventisca en Islandia

Música: Sigur Ros

sábado, 29 de septiembre de 2007

Estados del bienestar

Estamos en septiembre y aún así hoy por la mañana al ir a abrir la cadena de mi bici la llave no da vueltas ya que está casi congelada. Eso debe significar que el invierno está otra vez con nosotros, y que lamentablemente no dio tregua. El verano no existió y el otoño es imperceptible en Bergen, así que "velkommen" otra vez lluviosa y fría estación.
Pese a todo mi cabeza sigue creyendo que estamos en otoño ya que soy hombre de crisis-de-estaciones-de-transición y éste año tampoco ha faltado.
Mientras bajaba por Klostergate hacia el centro pensaba deprimido en lo triste que estaba hoy, y aunque normalmente un rato pedaleando me devuelve la alegría hoy al meter la lleva en la cadena de mi bici no conseguí abrirla. Inevitablemente reparé en el resto de la gente a mi alrededor que sí parecía estar alegre (o por lo menos más alegre que yo), paseando despreocupadamente por el centro de una de las pocas cuidades-pueblos-grandes de este país, uno de los más ricos del mundo. Mientras pasean piensan qué van a comprar, qué van a hacer esta noche, qué ponen en el cine... Y realmente su despreocupación me causa envidia... Sí, envidia, sana o no sana, no lo sé aún, y aunque tengo la suerte de aquel 30% de la población mundial que vive en el mundo desarrollado me considero con menos suerte que un noruego medio.
Y entonces pienso: ¿Pero no se trata de eso el estado del bienestar, de hacer que la gente tenga las cosas más fáciles? Sí, pero también no consigo evitar pensar que los noruegos a lo mejor lo tienen "demasiado" fácil. Y pongo esta palabra entre comillas porque todavía no estoy seguro.
Admiro el sistema, admiro profundamente el modelo, pero también pienso, como gran parte de los extranjeros de aquí, que los noruegos están "spoiled". Malcriados, acostumbrados a esforzarse poco, a dar las cosas por hecho y a no preocuparse demasiado por nada, viviendo en una burbuja que han construido con ayuda de la suerte de haber encontrado petróleo y de espaldas al mundo... Ya está, he soltado la frase de corrido porque si la hubiese pensado no la hubiese escrito ya que es todo lo que no me gusta: simple y tópica. Y sin embargo creo que tiene algo de verdad. Por supuesto elijo este a otros modelos de más al sur, donde tus oportunidades dependen de cuánto pueda ayudarte tu familia, o de si tus abuelos te dejan para una entrada de un piso, o de si tu tío conoce a tal de cual empresa que te puede dar curro, o de si no tienes otra que apechugar y buscarte la vida como puedas.
Aquí el estado de ayuda, te escucha si necesitas algo, te provee de todos los medios imaginables para que tú sólo pongas las ganas, y ese es el problema, que a veces se ven pocas ganas... No lo sé, hoy no lo veo tan claro... Será que hoy mi estado no es del todo lúcido, y no consigo ver con claridad este estado de las cosas... O será que hoy cuando he ido a abrir la cadena de mi bici no he podido, y entonces he tenido que bajar andando, aunque me parece que esto ya lo he comentado.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Un sueño

Anoche tuve un sueño. Fue más o menos lo siguiente:

Yo estaba en un restaurante. Era un bebé y estaba en un carrito, y miraba comer a mi madre. Como no podía moverme del carrito y estaba hambriento empezaba a llorar. Debido a la ansiedad que la situación me provocaba, inmediatamente crecía hasta convertirme en un hombre gordo de unos 50 años. Salía del restaurante y me dirigía a una cabina de teléfonos. Rápidamente marcaba el número de una pizzería, y ordenaba una grande de mozzarella. Al cabo de un rato me empezaba a sonar el zapato y descubría que era un teléfono. Al atender la llamada era la pizzería, que me comunicaba que mi pizza en vez de media hora iba a tardar 20 años y cuando llegase tendría que casarme con ella. La idea de compartir el resto de mi vida con un trozo de pan con queso me causaba un ataque de pánico, y sólo conseguía calmarme después de comerme 40 kilos de gofres de un puesto cercano. Debido a que me sentía culpable decidía correr la maratón de Nueva York, aunque cuando llegué la gente en vez de inglés hablaba pakistaní y vestían todos de amarillo. Me acercaba a preguntar a un hombre cómo se llegaba al metro, y éste en vez de responderme empezaba a expulsar humo por las orejas y a balbucear una extraña poesía en esperanto. Poco a poco su cara se iba transformando en la de Harry Potter, lo cual me provocaba un horror tremendo. Al apartar la mirada descubría que ya no estaba en Nueva York sino en Alcobendas. Inmediatamente decidía poner un bar al que llamaba “Soja para todos”.
40 años después, pobre y solitario, pasaba los últimos meses de mi vida escribiendo el Quijote, para descubrir al terminarlo que alguien lo había escrito ya antes. Ante tan mala noticia intentaba suicidarme clavándome un periódico en la rodilla, pero al no surtir efecto me desanimaba y compraba un equipo de béisbol que rebautizaba “Los cucarachos de Terranova”.

Desperté bañado en mi propio sudor, así que decidí no ducharme ya que un buen baño me parecía suficiente.

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